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Cuba: cincuenta años de una aventura (en tres partes)

verbiclara 13-01-2009 GTM 1 @ 20:41 Tags:

Mi amigo Gabriel Ruiz Arbeláez , de Colombia, me alertó sobre estos artículos de William Ospina acerca de los 50 años de la Revolución Cubana, en El Espectador, y los pongo a disposición de los lectores de VerbiClara:

Por William Ospina / Especial para El Espectador

La isla era el símbolo del planeta que se disputaban fuerzas imperiales.

Cuba: cincuenta años de una aventura (I)

En esta primera entrega, Ospina relata cómo la Revolución le dio voz al oprimido pueblo cubano. Desde 1959, cuando los guerrilleros entraron en La Habana, el país se convirtió en símbolo de un sueño histórico.

Fidel Castro, líder de la Revolución y entonces presidente de Cuba, durante una Asamblea Popular, en 1977.

Fidel Castro, líder de la Revolución y entonces presidente de Cuba, durante una Asamblea Popular, en 1977.  

Cuando en 1991 se desplomó el llamado mundo socialista, nadie se hacía ilusiones sobre la suerte de Cuba. Había sobrevivido tres décadas a un bloqueo infame de los Estados Unidos gracias a proclamarse socialista y a unir su destino al de las naciones que gravitaban en torno a la Unión Soviética, pero había vivido de vender su azúcar a unos aliados que la compraban a precio de oro. La caída de la Unión Soviética y de sus satélites dejaba al país de repente flotando en el vacío; era una isla dependiente, que sólo producía azúcar y tabaco, y no parecía estar en condiciones de soportar el bloqueo mucho tiempo más.
En esos años, Cuba había resistido también, gracias a la solidaridad internacional y al prestigio de sus dirigentes, una campaña de difamación continental que mostraba a los gobernantes cubanos como tiranos sangrientos y al cubano como un pueblo humillado y aplastado por la tiranía. Yo tenía ocho años en 1962 cuando oía por la radio esos programas difundidos por “La voz de los Estados Unidos”, que propagaban en todo el continente la imagen de Cuba como un infierno inhabitable.


Pero la verdad es que, gracias a la Revolución, por primera vez en mucho tiempo el pueblo cubano tuvo derecho a la educación, a la salud y a la esperanza. Por primera vez vivió la certeza de ser dueño de una isla donde sus padres habían sido esclavos y peones durante siglos, donde la riqueza y el goce de la vida sólo fueron posibles para unos pocos colonizadores peninsulares, para esa aristocracia criolla que hizo del Caribe su paraíso sobre un mar de desdichas y para esos magnates norteamericanos que tenían en Cuba su Jauja y su Sibaris.
Desde enero de 1959, cuando los jóvenes guerrilleros cubanos, barbados y llenos de proyectos, entraron en La Habana fumando sus puros enormes y rodeados por leguas de entusiasmo colectivo, Cuba se había convertido en el símbolo de un sueño histórico. Legiones de jóvenes solidarios venían del mundo a participar en las zafras, a sumarse al entusiasmo de esos dirigentes, Fidel Castro, Camilo Cienfuegos, Ernesto Guevara, que estaban tratando de instaurar la justicia sobre largos años de humillación y de tiranía.
Los Estados Unidos, habituados a ver caer a los dictadores que ellos mismos habían instalado sobre las repúblicas bananeras, azucareras y cafeteras, ya se disponían a apoyar estratégicamente al nuevo aliado, cuando advirtieron que la Revolución cubana quería de verdad contrariar unos siglos de desprecio hacia la gente humilde, discutir el derecho de los privilegiados, y empezaba a confiscar propiedades norteamericanas, sobre todo de los grandes capitales que, aprovechando las crisis económicas, prácticamente se habían comprado la isla.
Era como si en Cuba, contra todas las previsiones meteorológicas, hubiera surgido de repente un ciclón, y las consecuencias de la nacionalización de las empresas fueron la fuga de capitales, el desplazamiento de los magnates anexionistas hacia la vecina península de la Florida y, finalmente, el bloqueo económico, impuesto por los Estados Unidos pero exigido por ellos también a las otras naciones, un bloqueo que prohibía desde entonces todo comercio, incluso humanitario, y condenaba a la isla a la extenuación y a la derrota.

Fuente: El Espectador

Cuba: cincuenta años de una aventura (II)

El precio de la Revolución

Durante siglos, la isla fue un punto estratégico disputado por las grandes potencias. La caída del bloque soviético puso a prueba los frutos de la Revolución y la tenacidad de su pueblo.

En los noventa, Cuba salió adelante gracias al cariño por la Revolución y la solidaridad de países amigos, entre ellos España.
En los noventa, Cuba salió adelante gracias al cariño por la Revolución y la solidaridad de países amigos, entre ellos España.

A pesar de haber perdido sus virreinatos en México, en Bogotá, en Lima y en Buenos Aires, España conservó el orgullo de tener un imperio mundial gracias a las islas Filipinas en el Pacífico y a Puerto Rico y a Cuba en el Caribe. De todas esas posesiones, Cuba era la verdadera joya de la Corona, una exquisita joya española engastada en un mar de zafiro, la arquitectura colonial relievada por un sol incesante, entre el olor de los mangos y el aroma del tabaco, y proveyendo continuamente para la metrópoli su caoba y su azúcar.

Por eso el peor momento de la historia española bien pudo haber sido aquel año de 1898, cuando gracias a la guerra contra los Estados Unidos, España perdió sus posesiones en el Pacífico y en el Caribe, y súbitamente dejó de ser en su conciencia uno de los grandes imperios del planeta para convertirse en uno de los últimos países de Europa. Ello, curiosamente, produjo una oleada de inmigrantes españoles hacia la isla ahora independiente, que además, gracias a esa independencia, se enriquecía.
Entre esas legiones de inmigrantes volvió Ángel Castro, el padre de los hombres que han gobernado después la isla, un gallego que había militado en las tropas españolas, pero que había quedado cautivado por la belleza de Cuba, y que llegó a poseer 10.000 hectáreas de caña de azúcar en Birán, en la provincia de Holguín, al oriente, antes de que se las quitara la Reforma Agraria.
El crecimiento económico de Cuba prosiguió hasta comenzar la tercera década del siglo, cuando el crack de la economía mundial hizo caer dramáticamente los precios del azúcar, hecho que aprovecharon los Estados Unidos para comprar una parte del territorio. Pero la riqueza de Cuba no era solamente económica. La fusión de las culturas y de las razas había producido paulatina y naturalmente algunas asombrosas síntesis culturales, y las que se produjeron en el campo de la religión y del arte fueron particularmente fecundas.
Cualquiera puede preguntarse cómo debería resolverse la contradicción entre el sentimiento religioso animista de los pueblos de origen africano y el elaborado ceremonial de la cultura católica europea. Pero ningún antropólogo, ningún filósofo, podría predecir lo que la realidad logró ante esa disyuntiva: el nacimiento de la santería, en la cual el espíritu profundo de los hijos de África encontró un modo de yuxtaponer en un solo rito la devoción por los santos católicos y el culto de las divinidades africanas.
Lo más notable de esta solución es que supera el deber de las exclusiones y fusiona en una verdad profunda lo que parecía incompatible. Es allí donde se hace manifiesto el genio de los pueblos, en el modo como logran soluciones míticas y estéticas a los problemas que no tienen solución política ni filosófica.

Fuente: El Espectador

Cuba: cincuenta años de una aventura (III)

El bloqueo de Estados Unidos a Cuba le impuso a sus habitantes dos destinos: la pobreza y la dignidad.

Muchos le reprochan a Fidel no haber apostado por una economía autónoma, menos dependiente de la Unión Soviética.

El bloqueo de Estados Unidos a Cuba le impuso a sus habitantes dos destinos: la pobreza y la dignidad.

Los Estados Unidos, que sostuvieron a Batista, a Somoza y a Duvalier, que fueron grandes amigos del Sha de Irán y de la dinastía Saudí, y que patrocinaron el golpe militar contra Salvador Allende en Chile, suelen fingirse, cuando les conviene, enemigos de las dictaduras, y emprendieron una campaña tenaz para demostrar al mundo que la única dictadura de occidente era la cubana, aunque a pesar de ello la solidaridad con Cuba ha crecido, al punto de que cada año las Naciones Unidas votan unánimemente por el fin del bloqueo, con la sola excepción de los Estados Unidos y de Israel.
Nadie ignora que la Revolución les dio a las mayorías cubanas una conciencia de su propia dignidad que nunca tuvo la gente en ese país, ni bajo la dominación española, ni bajo los presidentes republicanos, ni bajo los sargentos amigos de la CIA.
Muchos sectores en los Estados Unidos no parecen tener más religión que el comercio y el dinero, y profesan una idea muy curiosa de lo que son los derechos humanos. A lo largo del siglo XIX denunciaron la pretensión de abolir la esclavitud como un atentado contra el derecho de propiedad, y, como decía Estanislao Zuleta, sólo comprendieron que la esclavitud era moralmente repudiable cuando se convirtió en un mal negocio.
Su derecho a comprar en Cuba a precios irrisorios las tierras de los propietarios arruinados les pareció siempre más evidente que el derecho de esos propietarios a la subsistencia. Mantuvieron en el Caribe dictadores leales a su causa sin mayores preocupaciones por los derechos humanos, y sostienen muy buenas relaciones con regímenes que no se parecen a la democracia al estilo americano, con la condición de que sean buenos amigos. Jamás pensarían en bloquear a España o a Inglaterra, aunque sus monarcas no han sido elegidos jamás por el sufragio universal.
Y ni piensan en bloquear a la China continental, aunque su régimen tiene la misma legitimidad que puede tener el cubano, y se rige por unos patrones electorales que no se parecen a los que ha vuelto obligatorios en Occidente no la democracia, sino el poder del dinero, de las corporaciones y de los grandes medios de comunicación.
El régimen cubano, cuyos defectos y errores pueden enumerarse y criticarse pero no igualan a las arbitrariedades de los dictadores argentinos, a la miseria y la violencia de las favelas de Río de Janeiro, a la paradójica democracia colombiana que produjo casi medio millón de muertos en el último medio siglo, puede mostrar hoy mucho más de lo que quisiera Oppenheimer en su balance del primero de enero. Es un país lleno de gente solidaria y pacífica, que antepone el interés público al privado, y que respalda su revolución aunque está lejos de pensar que se encuentran en el paraíso.
Porque Cuba ha sufrido en estos cincuenta años muchas penalidades y muchas privaciones, pero si yo la comparara con mi país, con Colombia, diría sin vacilar que el ciento por ciento de los cubanos vive mejor que el ochenta por ciento de los colombianos, y que a la hora de pensar en mejorar a Cuba, tal vez su problema principal no es de gobierno sino de recursos, asfixiada por un bloqueo continental que apenas si ha cedido en los últimos años, encerrada, por haberse atrevido a tener orgullo y dignidad, en lo que podríamos llamar con palabras de Shakespeare “esa fortaleza de muros de agua”.
Y creo que la dignidad de los cubanos, y la paz que disfrutan, vale más que unos cuantos televisores y unos cuantos teléfonos móviles. Sin olvidar que, si el bloqueo ya se hubiera acabado, los cubanos tendrían más televisores y más teléfonos móviles que muchos países de América Latina.

Fuente: El Espectador

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Comentarios(3) »

  1. k_nelita

    Hoooola Amparo como estás querida amiga? Paso medio a las corridas a decirte que te dejé unos regalitos en Te Propongo, pasá a buscarlos cuando quieras.

    Un beso muy grande tu amiga argentina ♥ ♥ ♥

  2. Jorge Escobar

    De primera vista, un blogg exquisito, de impecable presentación, de hermosos temas, de solidaridad sin límites con la realidad de Cuba, de su pueblo único y de sus dirigentes, siempre de pie. Muchas gracias Doctor Gabriel por anunciarlo. Volveré más tarde a la lectura de temas en el blogg.

  3. nana garcia

    Que suerte encontrarme con este articulo! me encanta como escribe William Ospina y la realidad de Cuba y los Cubanos es un tema que me interesa mucho. Esperemos a ver como inicia el nuevo periodo Obama. Seria un buen comienzo, no mas embargo!

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