Administra tu Blog

¡Crea tu Blog Ya! Fácil y Gratis


El chino Choy (De Cerca del Che)

verbiclara 22-10-2008 GTM 1 @ 14:39 Tags:


Este año se conmemoran 50 años de la Campaña de Las Villas y la Batalla de Santa Clara. Cerca del Che, de José Antonio Fulgueiras, es un libro que describe facetas del humanismo y naturalidad de Ernesto Guevara contadas por combatientes del pueblo que lucharon junto al él, quienes narran algunas experiencias vividas cerca del héroe legendario y muestran cómo su ejemplo ha influido en su vida. Empezaremos por el general de brigada (r) Armando Choy Rodríguez:

El chino Choy en campaña

Cuba se estiró los ojos hace ya más de 150 años, cuando el 3 de junio de 1847, tras una azarosa travesía,  los primeros chinos  besaron sus costas.

Más tarde se integraron en las luchas independentistas bajo las órdenes de Máximo Gómez, Antonio Maceo, Ignacio Agramonte, Calixto García y otros jefes mambises. Algunos alcanzaron el grado de coronel, como José Bu Tan, y todos mostraron una alta lealtad y coraje en la manigua redentora.

De esa estirpe diáfana y revolucionaria le viene la sangre al general de brigada (r) Armando Choy Rodríguez, quien revela sus rasgos asiáticos a través de sus ojos oblicuos y el color de la piel, entre el amarillo y el carmelita.

Su rebeldía primera emergió en las filas estudiantiles, «inculcada desde niño por los progenitores; porque aunque mi papá era chino, sentía una gran admiración por el líder ortodoxo Eduardo Chibás, sentimiento al que se le unía también mi mamá, nacida en Cuba».

Después vino su entrada al Movimiento 26 de Julio, y las continuas manifestaciones como alumno de la Escuela de Comercio de Santa Clara, desde donde participó en huelgas, acciones y sabotajes realizados en las calles de esa ciudad. Entradas repetidas a los calabozos; advertencias para tratar de disuadirlo; sin embargo, la llama rebelde seguía ardiendo en su piel.

La represión se hacía insoportable, y como estaba demasiado «quemado», la dirección del Movimiento 26 de Julio en Las Villas decidió que se uniera a las tropas que en el Escambray dirigía el comandante Víctor Bordón.

«Ya había celebrado un combate con la tropa de Bordón cuando él me dice: “Choy, cuenta la gente que vamos a unirnos al Che.”  Salimos a su encuentro y se organizó una vanguardia de 65 hombres, a cuyo frente fue designado al capitán Cente, y a mí como segundo. Dos días estuvimos caminando y casi sin dormir. Todos marchábamos muy contentos pues presagiábamos, como así fue, que íbamos a subordinarnos a un jefe extraordinario.»   

La campiña cubana nunca había sido el paisaje predilecto de los chinos. A pesar de ser excelentes cultivadores de la tierra, preferían los espacios pequeños, en las barriadas, para sembrar sus auténticas hortalizas. Otros se dedicaban enteramente al comercio, fundamentalmente, en las zonas pue­ble­rinas más humildes.

Desde sus ojos rasgados, absorto en los múltiples sonidos del monte, observó el rostro y las palabras del recién llegado. «Al llegar al Escambray el Che nos saludó a todos desde su dejo argentino. Después nos informó que en adelante operaríamos juntos, y que con la llegada de su columna los bombardeos y la ofensiva enemiga se acrecentarían sobre esta zona. A mí, en particular, me impresionó su manera de decir las cosas: claras y sin rodeos. Hubo varios que se rajaron, pero a la mayoría nos sembró  decisión y confianza.»

La primera vez que se le acercó fue «para pedirle un médico que viera a mi compañero Cente, que tenía una pierna lastimada. Él ordenó a Fernández Mell que fuera conmigo. Cuando nos marchábamos, se quedó mirando para mí. No dijo nada, pero me di cuenta de que le extrañó ver a un chino en el grupo.

«El Che traía la misión de hacerse sentir desde el primer momento, y es por eso que al otro día ordenó el ataque al cuartel de Güinía de Miranda. En esa  acción nosotros empezamos a ganar prestigio ante los invasores.»

En Jíquima no tuvieron el éxito esperado: «Había un cuartelito que tenía unos 20 guardias aproximadamente. Nos dieron tres granadas a cada uno, pero había una neblina que no se veía nada. Tuvo que mandar suspender el combate y fuimos hacia Gavilanes.»

Enseguida organizó la toma de Banao. «Estuvimos dos días atravesando el lomerío sin comida ni la cabeza de un guanajo. Ahí tampoco pudimos alcanzar el objetivo. Lo rodeamos, y el Che al final decidió no atacarlo porque nos cogió muy tarde y nos iba a sorprender el día combatiendo. Sin embargo, un tiempo después atacamos a Banao, pues el Che insistía que no se podía estar sin hacer nada, como hacía la tropa del Segundo Frente, al mando de Eloy Gutiérrez Menoyo, a la cual no por gusto la bautizaron como los comevacas del Escambray.»  

Un combate cruento se avecinaba. «Acampamos cerca de un puente esperando la ofensiva enemiga. Les dije a dos combatientes que fueran a velar el puente. En el momento en que iban caminando hacia allí, un jeep se detiene a mi lado. Eran el Che y Camilo: “¿Adónde van aquellos dos hombres?” “A hacer una posta, Comandante”, le respondí a Camilo, y este me ordenó que mandara a cuatro más.

«Camilo nos dijo: “Tumben una palma y tírenla sobre el puente. Más tarde mandaré un refuerzo para hacer las trincheras. Mañana yo voy a estar aquí con diez de mis hombres.” Y así fue.»

Con los primeros claros del día se inició el combate. «Se formó un tiroteo del carajo. Aún rememoro la figura de Walfrido Pérez con ametralladora disparando como un demonio. Yo me arrastré hacia donde estaba él, y en medio de la balacera me regaló un caramelo y ese gesto más nunca se me ha olvidado. Le pregunté: “¿Cómo está esto aquí?” “¡Tú vas a ver!” Y cogió la ametralladora y tiró una ráfaga para un lado, y al momento nos caían las hojas de ateje en la cabeza.»

Tres días duró aquella refriega, pero el enemigo no pudo cruzar el puente. Hubo una unión combativa entre los hombres del Escambray con aquellos llegados desde la Sierra Maestra. Los nombres de invasores como Manuel Hernández Osorio, Emerio Reyes y Chacón se mezclaron bajo las balas con los de Choy, Cente, Eladio Machín y otros combatientes de Las Villas. La unidad que había soñado el Che comenzaba a solidificarse.

De las múltiples acciones combativas  en las que participó, Choy recuerda con frescura la toma del cuartel de Fomento, el 16 de diciembre de 1958. «Preguntamos cuándo empezaba el combate y nos respondieron: “El primero que vea a un guardia, le dispara y lo mata, ahí mismo empieza la cosa.” Varios pelotones rodeamos el cuartel. Así pasó todo el día. Las calles estaban alambradas con púas.  Aunque lo intentábamos, no había forma de penetrar al recinto.

«El 17 como a las cuatro de la tarde el Che  me pregunta. “¿Choy, y aquella casa?” “Ya me metí, le contesté, pero no hay chance, está cerrada y no tiene pasillo.” Y él fue a averiguar y regresó más tarde. Entonces nos ordenó tirar cocteles Molotov apagados para que se regara la luz brillante, y después encendidos.

«Para lanzar las botellas había que salir al portal de la casa que quedaba por detrás del cuartel. Alfonso Zayas empezó a tirarlas, y no llegaban hasta donde el Che quería. Entonces él dijo: “Quítense los dos que yo los voy a lanzar.” Nos negamos, mas él salió y las arrojó y quemó la herrería, pero no donde estaban los guardias. Molesto ordenó: “¡Que suban dos hombres al techo y tiren los cocteles desde allá arriba!” Y le riposté: “Comandante, si hacemos eso, desde el cuartel los van a matar”, y él respondió secamente: “¡Que los maten!”  Y los hombres, que lo habían visto desafiando las balas, sin esperar otra orden, se subieron, cumplieron la misión y regresaron.»

Se acuerda de otra peripecia  y sonríe a la manera asiática: «Como a las cinco de la madrugada el Che se me acerca y me informa: “Choy, me voy con mi gente ahora, quédate tú hasta el amanecer.” Le respondí: “¡A sus órdenes!”, pero por dentro me dije: “Saliendo tú de aquí atrás salgo yo como un volador.” Óigame, si nos cogía el día, de esa ratonera no salíamos, pues había que  arrastrarse por debajo de unas alambradas y cruzar la calle en las narices de los guardias.

«La liberación de Fomento duró tres días a fuego limpio. Un sargento, acompañado por algunos guardias, con un pañuelo blanco en una mano, marcó la rendición del fortín. Le pregunté: “¿Y los otros?” Y me respondió: “No quieren rendirse.” En ese momento llegó a mi lado el combatiente Pino, de la vanguardia, y le dije: “¡Arriba!” Y nos subimos por la portada que daba el acceso a la caballeriza y saltamos hacia adentro. Los guardias que estaban allí comenzaron a levantar las manos y se entregaron.

«El Che designó a Alfonso Zayas y a Antonio Céspedes a requisar las armas. Yo entregué los tres fusiles que había recogido en las caballerizas, más mi Springfield y mi vieja canana. Allí mismo le eché mano a un Garand y a una canana nueva.

«“¡Eso no lo puedes hacer!” , me dijo Alfonso y le riposté: “Me he jodi’o mucho estos tres días, así que me los llevo.”  Y él comprensivo me indicó: “Hazlo, pero márchate rápido”.»

«En medio de la euforia el Vaquerito le comentó: “Chino, dice el Che que tú te robaste un Garand.” “¿Cómo?” “Sí, porque él ordenó que de las armas que tomamos te diéramos un Garand.” Le respondieron que ya tú tenías uno y entonces él dijo: “¡Ah!, entonces el muy cabrón me lo robó”.»

Después vinieron los combates victoriosos sobre las ciudades de Guayos, Placetas, Cabaiguán y Santo Domingo, donde fue necesario tomar la ciudad por dos ocasiones y se impidió que llegara refuerzo de occidente a Santa Clara. Orden dada por el Che y cumplida al pie de la letra.       

Con los grados de capitán en las hombreras, Choy marchó hacia La Habana dentro del compacto y radiante grupo de la Columna 2 Antonio Maceo, con la orientación de reforzar las fuerzas del legendario Camilo Cienfuegos.

En la ciudad de La Habana el 3 de enero se reincorporó a la Columna 8, en La Cabaña. Nombrado jefe de compañía en los primeros días de febrero de 1959, le pidió a Bordón que lo llevara adonde estaba el Che. «Comandante, necesito ir a Santa Clara porque desde que me alcé no veo a mi papá.» Él estaba tomándose una sopa, alzó la vista y me miró maliciosamente: «No me digas, ¿y él que tú me presentaste en Fomento?»

—No, ese fue mi padrino Guillermo Choy.

—¿Y el otro?

—Tampoco, ese era Ricardo Chao, amigo de mi familia.

«Entonces él se sonrió y me dijo:  “Coño, chico, es que todos ustedes los chinos son iguales”.»

Dice que dos profetas le predijeron su ascenso militar:

«Una de las veces en que caí preso en Santa Clara cuando era estudiante, en la celda me encontré con José Felipe Carneado, abogado y revolucionario a carta cabal.

«Como yo era el líder del grupo que estaba allí preso, Carneado comenzó a llamarme comandante. Entonces cuando en 1962, Osvaldo Dorticós, el presidente de la República, me puso los grados de comandante, me vino a la memoria aquella sincera visión.

«Otro día, el Che  salía, con Aleida, por la puerta de atrás del cine Camilo Cienfuegos, en Santa Clara, y al verme con la estrella de comandante  exclamó: “¡Carajo, si aquí está el general Choy!”»

Pasaron casi 20 años para que la profecía  se hiciera realidad. «Para mí ese fue el día más feliz de mi vida. El Comandante en Jefe me abrazó muy fuertemente, y después me expresó emocionado: “¡Ya tenemos otro chino general!”»

MeneameMeneame | del.icio.us

No hay Comentarios »

Dejar un Comentario


<a href> <em> <blockquote> <strong> <cite> <code> <ul> <li> <dl> <dt> <dd>