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Severo Bernal, ¿el declamador olvidado?

verbiclara 30-09-2008 GTM 1 @ 15:06 Tags:

Severo Bernal

Atrapado en el desenvolvimiento cultural que alcanzó la ciudad de Santa Clara a partir de los años 30 del pasado siglo, una tarde de febrero de 1936 en el Club Umbrales —donde se reunían jóvenes escritores— llegó don Severiano y dejó para siempre su impronta de gran declamador.

 

Aprendiz de tipógrafo desde los 15 años en el Imprenta Lanier, dedicó su vida laboral a esta actividad, sin dejar que se opacara su carisma de declamador de profunda raíz mulata.

 

La imprenta, la ebullición artística de la provincia, de donde devienen la revista Umbrales, el Club y las audiciones de igual nombre; así como La Hora Hontanar, le permitieron vincularse a los más conocidos artistas y destacados intelectuales de la época.

 

De esta forma, a Severo de la Caridad Bernal y Ruiz, nacido en Santa Clara el 8 de septiembre de 1918, entrañables lazos de amistad lo unieron a Onelio Jorge Cardoso, el Cuentero Mayor, a Juan Domínguez Arbelo, el dramaturgo más reconocido de la antigua provincia de Las Villas antes de 1959, a escritores, poetas y artistas como Carlos Hernández, Emilio Ballagas, Raúl Ferrer, Nicolás Guillén, el Indio Naborí, Manuel Navarro Luna, José A. Buesa, entre otros.

 

También compartió con dirigentes comunistas de la talla de Salvador García Agüero, Jesús Menéndez, Carlos Rafael Rodríguez, Juan Marinello, José Felipe Carneado, Lázaro Peña y otras personalidades.

 

Con todos ellos intercambió y participó en tertulias; hasta en el último lugar visitado en la provincia villareña por alguno de estos amigos, siempre estuvo la presencia y el arte de don Severiano, el Declamador. También en mítines antiimperialistas se escuchó su verso encendido por lo que fue perseguido. Ante esto expresaba que «el pueblo al que pertenecía entendía su misión artística».

 

Visitó otras provincias, con mucha frecuencia la ciudad de Manzanillo, en el oriente del país, donde nació la constante correspondencia con Navarro Luna.

 

Cada año amplió su repertorio. Actuó en el teatro La Caridad, ofreció recitales con asiduidad, incluidos actos de masa. Entabló nuevas amistades, y amplió sus encuentros con el destacado escritor cubano Enrique Martínez Pérez y sus colegas Eusebia Cosme —Usebia como le llamaba—, Luis Carbonell y el puertorriqueño Juan Boria. En presentaciones por predios habaneros, compartió el escenario en diferentes momentos con Candita Quintana, Alicia Rico y Carbonell, el reconocido Acuarelista de la Poesía Antillana.

 

Salió de viaje en 1947, visitó los Estados Unidos, Venezuela y México. En este último país brilló el declamador. Recorrió numerosas ciudades y de rotundo éxito fue calificado el recital de poesía negra ofrecido en el anfiteatro Bolívar del Museo de Bellas Artes. Grandes titulares aparecieron en periódicos y revistas de la tierra azteca.

 

Rechazó ofertas para permanecer por más tiempo en México, al igual que lo hacía cuando recibía propuestas para emigrar a la capital del país. Ante la insistencia de Onelio Jorge Cardoso en este aspecto, le expresó un día: «Los árboles viejos nunca se pueden desenterrar porque quedarían secos.» El amigo le contestó: «Severo, eres un imposible en tu pequeña aldea.»

 

En su voz y estilo se escucharon títulos como «Secuestro de la mujer de Antonio», de Guillén; así como el «Canto de juicio negro» y «Riña en el solar», de Gilberto Hernández Santana, los primeros versos declamados el domingo 17 de febrero de 1936 en el Club Umbrales. Asimismo, interpretó de la producción poética de Martínez Pérez, entre otras creaciones: «Carta negra», «Baches negros», «Biografía negra», «Romance negro», «Autochequeo», «Matunguera», «Patrón», «Estación Ferroviaria» y el antológico «Negro en trance», dedicado por el autor: «muy especialmente para el mago del verso negro, Don Severo Bernal».

 

Su sencillez y modestia nunca permitieron que lo reconocieran como poeta; sin embargo, versos suyos aparecieron en la Revista Archipiélago, La Publicidad y Cúspide. Incursionó también en el periodismo.

Olvidado en la década de los 60 por las autoridades culturales de la ciudad; no obstante, declaró en el título Coterráneos, de Luis Machado Ordetx: «Nunca abandoné tres cosas vitales para mi vida: la profesión de tipógrafo y el vínculo con el papel, así como mi ciudad y la expresión del verso en gestos y palabras.»

 

Añadió en otro momento: «No vegeté o sucumbí en torres de marfil porque muchas veces subí a un escenario improvisado como en aquella primera vez en Umbrales para actuar ante amigos y demostrar que era el mismo de siempre con el donaire al contagio del verso. Resistí el tiempo y aún sigo prendido a la memoria imperecedera de mi ciudad natal».

 

El «majestuoso señor de versos» mantuvo su modestia como artista, no se dejó llevar por estímulos que le impulsaran a abandonar el terruño, y en 1989, su tricentenaria Santa Clara le retribuyó con el más grande reconocimiento que recibiera en los últimos 20 años de vida, al hacerle entrega de la Distinción por la Colaboración Cultural con la Ciudad. Asistió a esta velada Raúl Ferrer, uno de sus grandes amigos, el que le hizo saltar las lágrimas ante el justo elogio.

 

Un mes antes de fallecer —6 de agosto de 1990— el Área de Información para la Cultura y las Artes (AICA) de la Biblioteca Provincial Martí, rindió homenaje a Severo en la Sala Caturla, al que asistieron familiares, amigos y admiradores suyos.

 

Poco o nada conocido por las nuevas generaciones pero, eternamente querido por quienes lo conocimos, en el aniversario 90 de su natalicio y por siempre, tengamos presente a Severo Bernal, don Severiano o Severito, como también le llamaban muchos allegados.

 

Comparto las palabras de Machado Ordetx —su albacea— cuando escribió: «El declamador todavía es voz y realidad. Jamás habrá suficientes formas para tributarle el excelentísimo recuerdo que merece.»

Juana Rosa Vázquez Díaz

Foto: Cortesía de la autora

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