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TODO: Un mapa poético de Cuba a partir de los 80

verbiclara 20-08-2008 GTM 1 @ 17:30 Tags:

Luis Manuel Pérez-Boitel, poeta villaclareño, Cuba
Diversos han sido los criterios en torno al tractus poético de la isla en las últimas dos décadas al estar marcados estos, en algunas ocasiones, por la empatía personal o cierto ambiente de provincia. Pero este aspecto no ha sido lo único que ha atentado en el panorama de la crítica literaria al descifrar la hornada de bardos que lograron validar sus discursos en Cuba, incluso para los que no lo han hecho. El enfoque desde la Isla, que ya presupone cierta hermenéutica, y desde la contemporaneidad afecta la visión sobre cualquier generación o promoción(1) como fenómeno o como hecho cultural.

La visión exclusivista que ha intentando validarse en la poesía desde ciertos y extraños círculos literarios de La Habana han creado cánones y epígonos que se diferencian del ambiente que se respira en las provincias entre los creadores. No existiendo un punto común entre estas voces que no sea el enfoque de su búsqueda en torno al hecho creador, como sujeto que debe decir algo, que debe responder a una realidad, a un tiempo y que por tanto necesita un tiempo para decir.

El predominio del yo en el sujeto lírico no es otra cosa que la concreción de esa realidad. La isla como escenario de esos encuentros y como ruptura con el tiempo crea en las poéticas un punto de contacto con todo el más cercano precedente literario del país. Y en este caso me refiero a la promoción de Orígenes donde poetas como Eliseo Diego, José Lezama Lima o el propio Cintio Vitier, que aún teniendo discursos poéticos diferentes, lograron ser referentes constantes en el discurso que se articuló por los bardos a partir de los años ochenta. Promoción esta de los ochenta que se canonizó por el término de novísimos, y que se promovió, de modo atropellado quizás, en antologías -en algunas ocasiones sin sentido alguno- entre las que se pudiera salvar Usted es la culpable(2) donde el coloquialismo es predominante en la mayoría de estas voces que buscan también como referente la belleza de la poesía francesa, así como una búsqueda de lo épico y lo conceptual.

A finales de esa década aparece una antología más abarcadora y que pudiera servir para reagrupar esas voces que en su mayoría se habían escapado de los debates de talleres literarios que se fraguaban en toda la isla, plazas éstas que eran muy interesantes en cuanto a reflexión y diálogo entre los creadores, amén de que fueron perdiendo fuerza y reconocimiento, posteriormente. Retrato de grupo(3) ofrece un dossier interesante como redefinición de ese momento. Un poeta como Carlos Augusto Alfonso se nos presentaba ya con una obra avalada por su Premio David(4) y donde capta con ágil manejo y raro barroco un discurso desde la marginalidad para estereotipar un tiempo donde (con)fluyen dos momentos importantes: la lucha entre la intolerancia y lo tolerable, el encuentro de una cultura de barrio, quizás hasta periférica, con la conciencia de un nuevo barrio, que aún siendo periférico participa ya de la vida social y cultural del país.

Sin embargo, muchas voces quedaban fuera de esos instantes editoriales. Si hurgamos en las provincias, encontraremos en esos años a un poeta como Pedro Llanes Delgado, en su natal ciudad de Placetas, en Villa Clara, con un emblemático discurso. Su poemario Diario del ángel(5), que debiera ser incluso reeditado en estos momentos, marca un diálogo donde el bardo se adentra al manejo de conceptos desde lo culto y desde la identidad cubana. Así en esas páginas el creador va hilvanando historias que redimensionan el drama del hombre. El tiempo para el que dice esos versos es un tiempo borgeano, circular, y donde lo universal se alcanza a través de un discurso muy particular, apartado de todo estrellato y de lo efímero de los concursos. Algo parecido sucede en la obra del poeta villaclareño Sigfredo Ariel, residente ahora en La Habana, en cuanto a búsqueda de la identidad en poemas que si bien se adentran a un conversacionalismo más culto, donde el ritmo del texto se acentúa en ese ir y venir por la isla, se advierte cierta filosofía en el sujeto lírico que también nos interroga y nos convida, como para reconocerse en medio de canciones y ambientes provinciales y amigos de tránsito.

Otro poeta, ahora desde la provincia Santiago de Cuba, que logró publicar su primogénito poemario por ediciones El Caserón de su ciudad natal es León Estrada, escritor éste muy particular con un lenguaje coetáneo que armoniza a partir del uso de la palabra y la partición del verso, como ruptura además con la tradición poética que existía y que no era otra cosa, en mi opinión, que el afianzamiento a esa tradición, con la pléyade de poetas que armonizaban a partir de un nuevo tiempo: haber nacidos después del Triunfo de la Revolución cubana.

Si repasamos el Circo de barro o El Tiempo de los fieles, este último poemario que saliera publicado en 1990 por la Editorial Oriente, pero que es obvio que León Estrada había escrito en la década anterior, notamos que hay cierta complacencia formal y estética en estas páginas donde lo cubano es un atributo necesario a las cosas. De tal modo esa ingenuidad y singularidad tropológica de lo que se dice, es una reafirmación de la conciencia del escriba y del tiempo que lo habita.

Así sucede con un escritor que nacido en Sancti Spíritus, en vez de continuar la tradición de muchos de emigrar a la capital del país, ha buscado siempre un espacio desde provincias orientales. Reynaldo García Blanco ha mantenido ese -su- empeño desde principio de la década del noventa cuando publicara Largísimo elogio. Empero, un texto que siempre me es recurrente para hablar de su autor es Reverso de foto & dossier, donde su mirada ante el mundo se hace muy aguda y un texto como Finis país (es decir, los límites) donde se vuelve al diálogo con Martí, con Lezama, con Fayad Jamís. Simbolizando con ello cómo el discurso martiano siempre ha estado presente en toda esta generación que pudiera ser, los nacidos con la Revolución.

Es precisamente la década del noventa otro tiempo diferente en la poesía cubana, marcada ahora por una situación muy particular que en el plano económico vivían los bardos de la Isla. La interacción que lograban las voces en diferentes plazas ahora se veía limitada al encuentro casual o el escenario de alguna feria o concurso literario, el nivel de convocatoria de los talleres literarios fueron declinando en la medida que estos escritores lograban publicar sus textos e ingresar en muchos casos a la Asociación Hermanos Saíz que siempre tuvo un protagonismo importante en la búsqueda de nuevas hornadas literarias. Sin embargo, muchos críticos vaticinan esta década como inferior en comparación con los ochenta en los predios de la poesía y validan el boom literario que experimenta la narrativa, aspecto este controvertido en tanto si es cierto que aparecen escritores importantes en este género, en la poesía hay una reafirmación de poetas que ya consolidan su obra y que logran articular un discurso diferenciador con otras voces de su propia promoción. Además empiezan a publicarse desde la provincia un mayor número de escritores a través de la creación de editoriales, muchas de las cuales hoy tienen un prestigio ganado junto a otras que gestándose como proyectos de escritores a través de la Asociación Hermanos Saíz lograron también figurar en el panorama literario del territorio.

Empero, en ese ir conformando grupos para diferenciar y dibujar el panorama de lo poético en Cuba, numerosos han sido los criterios para focalizar los ojos del espectador, aquí lector, en un determinado momento. El joven ensayista Walfrido Dorta(6) se deslumbra ante la supuesta radicalidad y novedad del grupo, que “de manera programática, se presupone revolucionar los contextos de decibilidad de la poesía en la Isla: el grupo Diáspora(s) que comienza a hacerse visible en 1993…” alegando la supuesta alternativa, entre otras razones, de su revista, la que “no se adscribió a ninguna de las instancias oficiales culturales actuantes en ese campo, y cada número suyo circula subrepticiamente en los circuitos letrados”. Aspecto este que llama la atención sobremanera del crítico literario, aunque en el aspecto formal esta poética no rebasa, en mi opinión, el desenfado formal que la poesía cubana ha experimentado por siglos. No creo, para señalar solo un ejemplo, que las poéticas de R. A. Pérez, R. Saunders, R. Sánchez Mejías, por citar algunos de sus miembros, sobrepase la búsqueda tropológica y formal que ya experimentó promociones como Orígenes e incluso poetas como los de la primera etapa de El Caimán Barbudo. Funciona aquí, lo que en el aspecto sociológico, pudiera denominarse como la función del mito en la literatura, pretendiendo estandarizar ciertos círculos de una supuesta vanguardia literaria, en este caso con el mero argumento de la rara distribución de su Revista. Evadir esas trampas es un acto también de fe, de apostar por futuros creadores que van desde la provincia erigiéndose contra viento y marea.

Y es precisamente desde la provincia que se puede dibujar un mapa poético de Cuba por la diversidad de voces que armonizan y logran un espacio en la cultura nacional(7). Signada por ese ambiente se revela la poética de Ileana Álvarez González, con excelentes textos donde la búsqueda de lo ontológico trasciende a la palabra, creando con ello atmósferas y senderos tan inasibles que nos recuerdan la filosofía de los Abates en cuanto a contemplación de la vida y la naturaleza. La escritora así nos cautiva y nos ofrece textos como El libro de lo inasible y Los ojos de Dios me están soñando, este último publicado por la Editorial Letras Cubanas en un proyecto que contra viento y marea ha existido bajo el nombre de Pinos Nuevos, y que junto a otro concurso muy particular convocado desde la Asociación Hermanos Saíz, y me refiero al Premio Calendario, ofrecen una muestra muy representativa de la poesía de estas décadas.

La diversidad de concursos literarios y el creciente auge de las editoriales a partir de la década del noventa, en mi opinión consolidaron toda una diversidad estética que muestran desde una pluralidad de formas poéticas hasta un particular espacio a través de cada provincia del diálogo constante del creador con su entorno. Ese instante de reafirmación se nos ofrece en las páginas de un poemario que obtuvo el Premio especial Hermanos Loynaz en el año 1993, en la provincia Pinar del Río, y que bajo el título El peso de la isla, el escritor Nelson Simón nos identificaba un tiempo muy particular a partir de ir desdibujando supuestas verdades. Ese desenfado, ese constante empeño de decir lo realiza a través de lo irreverente, de un raro caos donde lo que se vive es el instante necesario. Así nos cuenta un drama muy particular como si fuesen paisajes definitivos o verdades inequívocas.

Signado por una particular convocatoria el Concurso Literario Nicolás Guillén validó voces como la de los poetas Roberto Méndez con un texto que tituló Viendo acabado tanto reino fuerte, así como el poemario Synergos, de Roberto Manzano, voces estas muy particulares y que logran ofrecernos los mejores textos que se han premiado hasta ahora en este certamen, que debía reformularse en sus cláusulas incluso con la participación en el jurado de escritores de otros países.

Un escritor desde Venegas, Villa Clara, aparece en medio de esta década con un libro que tituló La casa como un árbol. Una de las voces más singulares de la poesía cubana, en mi criterio. Su autor, Alpidio Alonso Graú, hilvana estas páginas desde la humildad del hombre que dice vivir y aferrarse como buen árbol a la palabra sincera, al aliento del hombre que ama su tierra y su tiempo. Es significativo cómo empequeñece el sujeto lírico para mostrarnos la sabiduría ganada entre las cosas que le pertenecen y las que desea. En medio de todo sendero, apartado de la turba y lo citadino, esta poesía se abre paso por la devoción de buscar en el espíritu del hombre las cosas esenciales.

Algo característico de los poetas cubanos en estas décadas es el juego con versos de Carlos Galindo Lena, Gastón Baquero y con poetas de la llamada primera época de El Caimán Barbudo e incluso de la poesía española de la llamada Generación del 27, fundamentalmente de Lorca, Cernuda, Vicente Aleixandre, además de la poesía griega neoclásica, entre otras corroborando cómo el escritor interactúa con esos discursos que valida en lo personal y denotan un mayor rigor estético y cultural en los mismos.

La obra del escritor Jesús David Curbelo, muestra esa interacción con un discurso muy desde lo culto que se ofrece a partir de una rara adjetivación de los versos en ocasiones. Su poemario Salvado por la danza, con el que obtuviera el Premio David de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, certamen este que debiera reformularse en organización y divulgación, es una expresión de la búsqueda que hace el autor en la palabra y en el idioma nuestro. También pudiera mencionarse la obra de René Coyra donde la tradición de la poesía griega está muy entrelazada en sus versos. El Oráculo de Delfos se nutre incluso de la filosofía griega y de poetas como Constantino Kavafis para hilvanar atmósferas y paisajes nunca antes transitados.

En ese divertimento de la palabra y en ese juego con la búsqueda formal, la poesía ha cubierto con su diversidad estilística en Cuba un dossier muy interesante en el contexto de estas últimas décadas. Ese constante diálogo con el presente y con la Isla, ese modo de buscar entre el conversacionalismo y las vanguardias un punto diferenciador entre cada provincia, para asumir el hecho creador, ha consolidado un mapa peculiar donde intentar decirlo todo es un riego, un oficio reservado al otro.

Notas:

(1) Se trata de una polémica que se debe analizar en el aspecto sociológico en tanto definición de conceptos. Las generaciones han siempre convivido con ciertas y determinadas promociones que interactúan en la edad y espacio de cada uno de los participantes.

(2) Se trata de la compilación realizada por Víctor Rodríguez Núñez y que fuera publicada por la Editorial Abril en Cuba en el 1985.

(3) Antología editada por la Editorial Letras Cubanas en el año 1989.

(4) Otorgado este premio por la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba a la obra "El segundo aire".

(5) Poemario editado por la Casa Editora Abril en el año 1993 y con el que el autor obtuviera el Premio de la Crítica en el año 1994.

(6) Dorta, Walfrido: "Algunos estados, estaciones, documentos. Poesía cubana de los 80 y los 90". La Gaceta de Cuba, noviembre-diciembre, 2003. p.12

(7) Aunque también pudiéramos tomar como referente la obra de Damaris Calderón, Juan Carlos Valls, Sonia Díaz Corrales, Javier Marimón, entre otros que aún fuera de la Isla por alguna que otra razón, logran un discurso donde se mantiene ese diálogo con su tiempo, como leit motiv para recurrir a la provincia, al pasado.


Luis Manuel Pérez-Boitel, poeta villaclareño, Cuba

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