JUVENTUD, ¿“perdida” desde Sócrates?
La frase manida: “La juventud está perdida” ha llevado a mi colega Mercedes Rodríguez García a adentrarse en el tema desde el lado de acá, del lado de los jóvenes, para demostrarnos que no está perdida, sino que los tiempos cambian, y que todos fuimos jóvenes, pero cada cual en su época. Siempre los de esas edades entre la adolescencia y la adultez han sido arriesgados, creativos, atrevidos, impulsivos... Que los mayores hagan un conteo regresivo y analicen cómo eran cuando tenían esa edad es uno de los objetivos por lo que publico este post.

Foto de la autora.
Siete cursos compartiendo dentro y fuera del aula con estudiantes universitarios me facultan para emitir consideraciones y consejos acerca de los jóvenes, a quienes muchas veces se les califica de contestatarios, descreídos, irreverentes, rebeldes, autosuficientes, y otras cualidades que, francamente, no comparto de manera general y absoluta, vengan de donde vengan, incluso, de pedagogos, sociólogos, psicólogos o filósofos de bien ganada reputación en el ámbito académico.
En otros espacios y en disímiles ocasiones y circunstancias, personas de las más variadas profesiones y oficios refieren, además, que son difíciles de entender, egoístas, consumistas, independientes, tolerantes y con poco sentido del deber y del sacrificio, y, por tanto, confiesan «observarlos con preocupación».
«Los hijos de hoy se parecen más a su tiempo que a sus padres», dijo Francisco Vázquez Vázquez, un político socialista y católico practicante español a quien le han robado la paternidad de tan recurrido pensamiento a la hora de definir en escasas palabras a ese grupo etario, al cual todos pertenecimos una vez pero que algunos no recuerdan o no quieren recordar.
En general, al hablar de los jóvenes hay quienes lo hacen como si se tratara de una especie de «dobles», desde los recuerdos juveniles, desde cierto pasado reciente, desde las nostalgias y melancolías o desde el deseo de lo que pudieron ser y no fueron. En tal sentido me ofrezco categórica: la vida real de los muchachos y muchachas de hoy yace en otro lugar diferente del que buscamos. Su vida les pertenece a ellos, idea que resulta difícil de interpretar dados los esquemas habituales.
Lo cierto es que para muchos adultos el diálogo con la juventud se ha tornado complicado, sobre todo para quienes admiten con temor, horror o complejo que nacieron en el siglo pasado, y se incluyen de hecho en un género de iguanodontes ortodoxos que sobreviven a las circunstancias, gracias a la desmemoria afectiva crecida con la prisa de lo cotidiano.
Si de sexo se trata, por ejemplo, suele catalogárseles de insaciables y tolerantes al límite de lo increíble, actitud en el fondo recriminativa que apunta a lo que antes nos parecía moralmente inaceptable y ahora resulta tristemente inalcanzable. Como dicen los libros de sexología: «cuantos más años a cuestas, más te cuesta y menos te acuestas».
Otro punto de vista esgrimido con frecuencia se refiere a cierta desorientación y desenfreno juveniles, cuestión que compete enfrentar a los adultos, pues son ellos quienes han convertido a los jóvenes en sus modelos de identificación y de conducta. Y aunque no lo admitan han ido rompiendo o trastrocando el papel tradicionalmente asignado a las diferentes edades. Cuesta reconocerlo: son los mayores los que, a diferencia de las generaciones precedentes, imitan y corren tras los chicos y chicas, y no al revés, como normalmente siempre ha acontecido y parece que debería seguir aconteciendo.

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